lunes, 26 de enero de 2015

"No me llames que yo te llamo"

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Sería todo fácil si en vez de tomar responsabilidad por nuestros errores todo se concediera a la culpa externa. Solía mi abuela decir que la culpa es huérfana y fea y nadie la quiere, y de grande (permitamos las comillas cuando me refiero a mi misma con ese término) he comprendido a qué se refiría. Nadie quiere hacerse responsable de nada que no sea positivo, porque la responsabilidad pesa, y todos somos tan frágiles. Por lo tanto, todo es culpa de la sociedad, de la gente, del pueblo, de la cultura. Pero en realidad, como compendio todos los seres creamos esa sociedad, asi que la culpa, así como el pan y los pescados se divide para todos como buenos hermanitos en la fe, y en las pocas vergüenzas.

Mi introducción sirvió como ejemplo del punto que estableceré sin más rodeos: quisiera echarle la culpa a la sociedad de muchas cosas, como el tema con el que los voy a marear hoy. Aunque la universidad no me introdujo a este mundo, sino unas películas con un sentido del humor bastante barato de esas que frecuentan en Hollywood, se me hace bastante fácil reconocer de quien es la culpa del fenómeno al que me gusta llamarle "no me llames". El no me llames se refiere a las relaciones características del siglo 21 donde nos fascina adjudicar términos del capitalismo a nuestras relaciones interpersonales, entre ellas el "lay away".

A todos (me incluyo) nos fascina tener personas en el lay away. Esos objetos que aunque queremos, no estamos listos para la responsabilidad absoluta de poseerlo, por lo tanto la tienda nos permite tomarlo prestado cuando las ganas aprieten y las hormonas se revuelquen y luego devolverlo sin compromiso alguno (valga mencionar que considero que si este fuese el caso real al momento de hacer compras habrían muchas denuncias a DACO por sanidad y falta de pulcritud).  La culpa la tenemos todos. Es más fácil tomar prestado y no hacerse responsable del juguete a usarlo de vez en cuando y no hacerse cargo si se rompe.

Todo es color de rosa hasta que nos toca estar en esa pocisión. Todo es bello hasta que nos ponen en lay away. Entonces ya deja de ser divertido. Ya no le encontramos la peculiaridad a la frase de "no me llames, que yo te llamo" porque entendemos que así como lo practicamos nos toca ahora ser sujetos a las hormonas y disponibilidad de otro, y al final del día si te rompen, no estarán ahí para reponer los pedazos.

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